Hoy la guerra aérea será
una realidad, y esto hace cambiar el panorama expuesto en los artículos
anteriores. Con la guerra aérea ya no es verdad la síntesis deducida de la Gran
guerra, pues todo el territorio nacional se ha abierto a la lucha.
La retaguardia no podrá
trabajar en paz. Ahora hay que defender los centros productores, las vías de
comunicación, las ciudades y los habitantes del país.
¿Cómo conseguirlo? Activa y
pasivamente.
La defensa activa depende
directamente del mando militar, y por éste tendrá que ser estudiada, organizada
y ejecutada.
En cambio, en la defensa
pasiva tiene que intervenir toda la nación. Es un nuevo hecho que se presenta,
complejo y difícil, y, por lo tanto, necesario, de preparación minuciosa y
constante; los planes tienen que ser hechos en tiempos de paz, así como la
preparación y organización de los habitantes civiles para la defensa pasiva.
Los cometidos que se presentan
Dos cometidos distintos son
los que principalmente se presentan. Uno, la defensa de los centros productores
y vías de comunicación; otro, la defensa de las ciudades y de la población de
las mismas, pues los objetivos primeros de las fuerzas aéreas enemigas serán
precisamente los centros productores, las comunicaciones y los núcleos urbanos.
Centros productores: dos
caminos hay a seguir: primero, concentrar en pocos lugares de la Península
todas las industrias necesarias y defender estas aglomeraciones vitales con
todos los elementos de que disponga la nación. Esta solución podría ser buena
en el caso de conseguirse esta defensa y de que fuese viable en la realidad.
Ninguna de estas dos
condiciones se cumplen, pues como las prácticas y maniobras realizadas lo
demuestran, no se puede conseguir esta invulnerabilidad, y al no conseguirla,
los ataques a estos centros nerviosos y vitales serían catastróficos para
nosotros; asimismo, hoy no se puede o no tiene poder el Estado para conseguir
estas concentraciones industriales.
El segundo procedimiento es
el contrario, o sea, la dispersión de los centros productores. Este es
realizable, sobre todo si el Estado organiza bien la movilización de industrias
civiles, teniendo especial interés en que la base de esta movilización sean las
direcciones técnicas y los utillajes, para que se puedan utilizar todas las
instalaciones y talleres del país. De esta manera se puede conseguir que siempre
los elementos indispensables se puedan producir en España en más o menos
proporción, según sea el destrozo causado por la fuerza aérea enemiga.
Las vías de comunicación
tienen su mejor defensa en su número, teniendo cuidado, sobre todo, de que en
las vías férreas no existan nudos donde se reúnan muchas líneas.
Ciudades. La primera
disposición que se debe estudiar y preparar es la evacuación inmediata de las
grandes ciudades por harte de las personas que no realicen una labor necesaria.
Esta población deberá ser desplazada a pueblos y aldeas, y, como he dicho
antes, debe estar preparada y organizada, hecho el censo de las personas a
evacuar, las cuales deben tener las instrucciones necesarias para el buen
cumplimiento de la orden.
Asimismo, hay que organizar
las demás medidas de defensa, subterráneos, caretas contra los gases,
organización sanitaria y contra incendios, etc., etc.
España puede intervenir en Europa
Como habrán visto los
lectores que me hayan leído, he intentado hacer un bosquejo de nuestra defensa
nacional. He esbozado una posible política militar, una doctrina, una
organización y una preparación nacional para la guerra.
No he hablado nada de
política, de política menuda, que nos divide, pues no hace falta hablar de ella
cuando se exponen las grandes misiones de los pueblos. Ruego a los españoles
que me hayan leído que mediten sobre lo escrito, que es fácil que haya puntos
de vista equivocados, pero que si la nación quiere, si queremos nosotros,
España puede y debe intervenir con su propia personalidad en Europa y en el
mundo. La actual inestabilidad universal nos ofrece y nos ofrecerá magníficas
oportunidades para volver a rehacer nuestra España moral y materialmente. .
Pensad que Europa está sin
terminar, que la tendencia fatal es hacia la unidad, que la guerra europea no
cumplió esta misión unificadora, tal vez por no haber ningún vencedor absoluto,
y, sobre todo, hay que tener presente que el Tratado de Versalles ha fracasado
rotundamente por no ajustarse a esa tendencia, pues ha dividido Europa más de
lo que estaba, y la tensión interna es hoy mayor que nunca; existe la pugna de
naciones y pueblos por superarse, por imponer su unidad, su concepto de la vida
y su espiritualidad.
Los pueblos que, como dice
Spengler, "están en forma", o sea, las naciones vitales, las que
tienen aspiraciones y decisión de ser dominadoras y directoras, ponen su
energía y su trabajo en prepararse para la lucha, hecho que fatalmente
sobrevendrá.
¿Cuál es la posición de
España y cuál debe ser ante este porvenir?
¿Es
posible la neutralidad?
Hoy, unánimemente, todas
las plumas, todas las declaraciones oficiales y particulares están conformes en
contestar: España debe ser neutral. Alrededor de esta palabra, y no digo de
este hecho, se discute, se escribe y hasta se justifica nuestra política
militar.
Pero, ahora bien: ¿es
posible esta neutralidad? Estoy seguro de que no; pero, además, yo pregunto:
¿Es conveniente para España esta neutralidad absoluta e incondicional?
Estas preguntas plantean el
dilema trascendental más medular de España:
¿España es, como dice
Spengler, un pueblo viejo, acabado, que gastó su sangre joven y su energía
vital creando América, como parece indicar la mediocridad de la vida colectiva
de nuestros últimos tiempos, o, por el contrario, estamos en un momento
regenerativo, joven, de acumulación de energías, y, por lo tanto, con
posibilidades de emprender otra vez obras y hechos universales? O, dicho de
otro modo: España, como colectividad, como unidad, como destino y, por tanto,
su Estado, ¿tiene misión universal que cumplir, o sólo tiene la misión de
regular la vida interna de los españoles, dejando que gastemos nuestras
energías en luchas internas?
Según la posición que
adoptemos ante este problema tendremos contestada la pregunta anterior. Si nos
colocamos en el concepto negativo de España no cabe duda de que la neutralidad
ante Europa; ante el mundo, se impone. Ahora bien; neutralidad nominal hacia
afuera, pero guerra civil en el interior, pues con este concepto de España, los
catalanes, los vascos y mañana los gallegos y los valencianos, "o sea, los
pueblos con la conciencia de sí mismos", tratan y tratarán de explicar la
razón de su separatismo, por no conformarse a carecer de una vida superior
colectiva, una misión que realizar en el mundo; y si este concepto de España
perdurase, España se desmembrará después de luchas sangrientas e ineficaces.
Pero si nos colocamos en la posición positiva no podemos hablar de neutralidad
incondicional ante un próximo conflicto del que no sabemos quiénes van a ser
los actores y qué fines va a tener. Entonces lo que hay que hacer es preparar a
España para que cumpla con su misión, arrostrando para ello la posibilidad, la
necesidad y la, convicción de luchar y combatir. Y sólo con este concepto
positivo de la Patria, España perdurará.
La neutralidad como fin es
signo de impotencia y de descomposición.