Preocupa al Gobierno
español desde hace algún tiempo la defensa nacional. Se ha presentado ya a las
Cortes un proyecto de construcciones navales, inspirado en la defensa naval de
Baleares. En las notas oficiosas de los últimos Consejos de ministros está
plasmada esta preocupación.
Al mismo tiempo, en el
debate parlamentario sobre política internacional, promovido por el conde de
Romanones, se han manifestado puntos de vista, más o menos acordes, acerca de
la posición de España sobre el Estrecho y sobre el Mediterráneo.
Los oradores han hablado
mirando al pasado, para obtener consecuencias para el presente. No opinaré
sobre ello, pero creo que es más interesante ver el presente proyectado sobre
el porvenir, singularmente en cuanto concurren circunstancias nuevas y hechos
nuevos; porque, si no, la conclusión (pesimista y desesperanzada) no es exacta.
Mi inmodesta pretensión al
escribir estas líneas es tomar por base estas nuevas circunstancias y, en los
magníficos hechos nacionales que hoy se desarrollan en todo el mundo, explicar
una posible política militar a seguir, en consonancia con una política
internacional más optimista y más española que la conocida por nosotros y por
las anteriores generaciones.
Estamos indefensos
Se gastan en España cerca
de 1.000 millones de pesetas en defensa nacional, y, a pesar de ello, estamos
más indefensos y más impotentes que nunca. No podemos hoy intentar ofrecer
resistencia a ninguna gran potencia europea. Cualquiera de éstas puede
dominarnos sin necesidad de movilizar. La cantidad gastada no es pequeña;
resulta suficiente para tener unas fuerzas armadas, mayores o menores, pero
útiles para su cometido, o sea, para la guerra, y, por lo tanto, la ineficacia
actual indica que hay algo fundamentalmente malo que corroe las entrañas de la
organización, que esteriliza los esfuerzos más o menos intermitentes que se
intentan para rehacerla, que hace ineficaz el esfuerzo de la nación y que, como
dice un moderno tratadista militar, ha convertido al Ejército en una mentira
envuelta en papel de barba.
Intermitentemente aparecen
en España proyectos de reformas militares, planes de organización, etc., etc.,
pero nunca he conocido una política militar. Ésta no ha existido, porque no
tenemos una política internacional. Y al decir esto me refiero, como es lógico,
a que en la política internacional España no ha tenido un papel propio de su
libre volición. Desde hace cientos de años el Estado español es un ente amorfo,
mediatizado e impotente, sin decisión para tener voluntad, para tener
personalidad frente a todas las fuerzas movidas por las grandes potencias.
No se
piensa en la guerra
Y por eso nuestros
regimientos llevan una vida lánguida y rutinaria. Podéis pasaros unos años
respirando el ambiente de los cuartos de banderas, donde está concentrada el
alma del regimiento, y veréis que en su misión, en su trágica misión, que es la
guerra, la guerra con el mundo, con Europa no se piensa nunca. Se cree que esto
está fuera de nuestra realidad, que es una cosa de sueños, y por esta razón,
por no sentir la falta de ese impulso ideal, de conjuntos orgánicos, volitivos,
de existir y preparar hombres, a pesar de la falta de medios, y por eso se
produce, y esto es lo más grave, la frustración de valores humanos; esa
juventud magnífica, salida de las Academias para ser militares, se estrella
ante la pequeña rutina y ante la burocracia; y la mayoría de esos jóvenes, sin
fuerzas para luchar contra el ambiente que les rodea, sin campo de acción donde
desplegar su capacidad de trabajo, sus luchas y sus heroísmos, caen en la
rutina y en la desesperanza.
La difusión de lo técnico
En las naciones dignas de
serlo se ve que la política militar interesa al pueblo; se discute en los
periódicos, por los partidos y por el Gobierno; pero, en cambio, todo lo
profesional, lo técnico, no sale de los archivos del Estado Mayor. Aquí pasa lo
contrario. No se habla para nada de lo vital, lo dirigente, lo nacional; pero,
en cambio, aparecen en la Prensa, y hasta en la "Gaceta" oficial,
esos detalles de organización, de armamento, de táctica, que no podían o no
debían publicarse, que no son propios para hablar de ellos, y se da el caso,
demostrativo de nuestra inconsciencia, de que el ilustre general jefe del
Estado Mayor Central, ilustre bajo todos los puntos de vista (esperanza de
tiempos mejores), tuvo que mandar retirar de la publicación el plano oficial de
un punto muy sensible militar e internacional de nuestro país, porque en ese
plano estaban fijados los futuros emplazamientos de las baterías y demás elementos
de las defensas. Pero cuando se retiraron de la circulación esos planos dió la
casualidad de que los habían adquirido ya todas las Embajadas interesadas.
El Ejército en la política
Y el olvidar que la misión
fundamental de las fuerzas armadas es externa, que éstas son la representación
más genuina y principal de la personalidad de una nación, en relación con las
demás, trae fatalmente consigo consecuencias graves de orden interno.
Si se estudia la Historia
se observa que los ejércitos fuertes, preparados material y espiritualmente
para cumplir su principal misión, lo mismo en los tiempos antiguos que en los
modernos, en lo nacional como en lo universal, no se han puesto enfrente del
Estado por diferencias políticas internas. Pero cuando esta misión no existe,
cuando la nación está sumida en luchas internas, entonces es cuando las fuerzas
armadas intervienen en política.
E intervendrán siempre,
porque es lógico y fatal. Para impedirlo no hay sino darle esa misión
decididamente y con claridad.
En España, desde el siglo XVI,
no ha intervenido el Ejército en la política hasta el siglo xix, cuando empezó
la máxima decadencia nacional, y, en cambio, vemos que en las naciones hoy
fuertes y vitales el Ejército está al servicio del Estado, sea cual sea el
régimen político por que se rigen.
Y es tan verdad lo expuesto
anteriormente, y está tan dentro de lo subconsciente en la oficialidad, que
ésta siempre intervendrá y dará su vida, si es preciso, en el momento en que la
unidad de la Patria peligre, en el momento que una región o una organización
nacional se ponga enfrente de esta unidad, en el momento que quiere ser externa
esa región o esa organización.