martes, 12 de febrero de 2013

GIBRALTAR, ESPAÑOL



Pocas naciones en el mundo tienen tan marcada e impuesta su política militar como España. El haberla olvidado o abandonado ha traído la actual decadencia nacional.
Antes de referirme a ella voy a explicar unos puntos de vista que, si son personales, constituyen el resultado de observar y estudiar todos los grandes hechos nacionales que hoy se producen ante nuestros ojos y todos los ejemplos que nos ofrece la Historia.
Para plantear una política internacional lo primero que se precisa es dividir el mundo en dos partes bien delimitadas y separadas: de una parte, la Patria; el resto del mundo, de otra.
Esto no quiere decir que hay que mirar al resto del mundo como a enemigo, no; pero, lo primero, hay que estudiar y conocerse a sí mismo, sin prejuicios, seca y duramente, pero como una parte completa, sin "obligadas" ayudas ajenas, que siempre deforman el estudio y sus conclusiones. Desde el punto de vista militar, todas las naciones se ven en la necesidad de la autodefensa; pero muchas, y esto sucede a España, encuentran que tienen misiones derivadas de su situación geográfica o de sus necesidades comerciales e imperiales, las cuales poseen una esencia internacional.
Todos o casi todos admiten que la defensa del suelo patrio debe ser realizada con el esfuerzo de los propios ciudadanos, y que todo pueblo que, bien por incapacidad orgánica, por desgana o por lo que sea, cede esta obligación a otro pueblo, automáticamente deja de ser nación, para llegar a ser, lo más, un satélite de la nación protectora.
Pues bien; absolutamente lo mismo ocurre cuando se abandonan esas misiones permanentes que del estudio propio aparecen impuestas a una nación.


Las relaciones internacionales

Para que sean fecundas las relaciones internacionales o las alianzas militares es necesario haber puesto antes los medios necesarios para el cumplimiento de la autodefensa y de las misiones permanentes. Sólo así se tiene personalidad y fuerza para tratar, y sólo así se puede confiar en el cumplimiento de lo pactado por la otra u otras partes contratantes, ya que en todos los tratos se da y se recibe, y es natural que se "pueda no dar" cuando no se recibe lo acordado.
Y, por último, quiero sentar la afirmación de que un país con voluntad y decisión puede siempre ponerse en las condiciones prefijadas. A todos los pesimismos oficiales o particulares que contra está afirmación se opongan, o las oposiciones de tono moral que se hagan a las conclusiones a que llegaré en mi estudio, sólo opongo el ejemplo de los magníficos renacimientos de pueblos que hoy estamos contemplando, los cuales., para ser realidad, exigen trabajos y sudores, fe y alegría, siempre mejores que las lágrimas, propias de un pueblo desmoralizado y desilusionado.

El Estrecho de Gibraltar

Siguiendo la norma antedicha, estudiemos a España, contemplándola en el mapa, donde veremos un hecho distinto de los corrientes. Tenemos fronteras y costas de orden moral; pero en un punto dos continentes se acercan. Por este estrechamiento pasa gran parte del comercio mundial, y las dos partes de este estrecho son españolas: se llama el Estrecho de Gibraltar. Nuestra gran fuerza y nuestra gran debilidad. El Estrecho de Gibraltar es nuestra misión permanente actual (hoy tenemos otra proyectada en el futuro, de la cual hablaré después) ; pero esta misión no la ejercemos, la ejerce Inglaterra. Ésta ha tenido en los últimos tiempos la clave del Estrecho, el dominio del Estrecho, y, por lo tanto, en tiempo de guerra, el control del comercio mundial por el mismo. La dejación de esta misión permanente ha sido la equivocación más grande que ha tenido España. Empezó al permitir el asentamiento inglés en Gibraltar y se consumó en la batalla de Trafalgar. Desde entonces, en todos los tratados militares, en todas las publicaciones navales, para todos los Estados Mayores, el Estrecho de Gibraltar es inglés. Esto, aunque triste, no lo es tanto como el hecho de la indiferencia nacional ante ello, como el silencio oficial ante el problema. Lo trágicamente triste es el renunciamiento que España ha tenido, y que hoy sigue teniendo, sin darse cuenta de que con ello dejaba de ser una nación soberana, que no era más que un satélite, a pesar de las declaraciones oficiales y de los discursos más o menos ampulosos.

No se ha hecho un anhelo nacional

Por el Gobierno de España han pasado hombres inteligentes y patriotas, y yo me pregunto: ¿Cómo no han hecho público este hecho, cómo no han tenido la valentía de hacer de esta bandera un anhelo nacional que hubiese unido a los españoles y les hubiese ayudado a tomar las medidas conducentes a cambiar este estado de cosas, cuando tenían que saber y sentir que era imposible el renacimiento de España sin hacerlo?
Pero olvidemos cosas pasadas y volvamos al porvenir; éste es más optimista, pues hoy disponemos o, mejor dicho, podemos disponer de nuevos elementos que nos permiten volver a ejercer nuestra misión.
Quizá alguien, al leer las anteriores líneas, crea que estoy lanzando agresivas ideas en contra de una potencia amiga; nada más lejos de la realidad. Soy admirador franco del pueblo inglés y de su Estado; estoy razonando con la misma fría lógica con que lo harían ellos, y, además, estimo que Inglaterra hoy es la potencia que mejor defiende los intereses de Europa. Pero, como antes he dicho, no creo en la amistad, ni en las alianzas, si no es con derechos iguales, y una posible alianza con Inglaterra sería más verdad, más leal y más fecunda teniendo nosotros el control del Estrecho, que sin tenerlo. Por otra parte, ya he dicho antes que España no tiene opción: o sigue mediatizada, o cumple su misión.
Se pondrán reparos diciendo que el Estrecho de Gibraltar debe ser libre y abierto al mundo, donde nadie pueda ejercer nunca un dominio ni un control; esto, sentimentalmente, puede ser o no ser verdad; pero la realidad y la Historia nos dicen que ha tenido siempre un dueño, y la lógica nos indica que, mientras sea un paso obligado del mundo, habrá un poder que lo domine.