Pocas naciones en el mundo
tienen tan marcada e impuesta su política militar como España. El haberla
olvidado o abandonado ha traído la actual decadencia nacional.
Antes de referirme a ella
voy a explicar unos puntos de vista que, si son personales, constituyen el
resultado de observar y estudiar todos los grandes hechos nacionales que hoy se
producen ante nuestros ojos y todos los ejemplos que nos ofrece la Historia.
Para plantear una política
internacional lo primero que se precisa es dividir el mundo en dos partes bien
delimitadas y separadas: de una parte, la Patria; el resto del mundo, de otra.
Esto no quiere decir que
hay que mirar al resto del mundo como a enemigo, no; pero, lo primero, hay que
estudiar y conocerse a sí mismo, sin prejuicios, seca y duramente, pero como
una parte completa, sin "obligadas" ayudas ajenas, que siempre deforman
el estudio y sus conclusiones. Desde el punto de vista militar, todas las
naciones se ven en la necesidad de la autodefensa; pero muchas, y esto sucede a
España, encuentran que tienen misiones derivadas de su situación geográfica o
de sus necesidades comerciales e imperiales, las cuales poseen una esencia
internacional.
Todos o casi todos admiten
que la defensa del suelo patrio debe ser realizada con el esfuerzo de los
propios ciudadanos, y que todo pueblo que, bien por incapacidad orgánica, por
desgana o por lo que sea, cede esta obligación a otro pueblo, automáticamente
deja de ser nación, para llegar a ser, lo más, un satélite de la nación
protectora.
Pues bien; absolutamente lo
mismo ocurre cuando se abandonan esas misiones permanentes que del estudio propio
aparecen impuestas a una nación.
Las relaciones internacionales
Para que sean fecundas las
relaciones internacionales o las alianzas militares es necesario haber puesto
antes los medios necesarios para el cumplimiento de la autodefensa y de las misiones
permanentes. Sólo así se tiene personalidad y fuerza para tratar, y sólo así se
puede confiar en el cumplimiento de lo pactado por la otra u otras partes
contratantes, ya que en todos los tratos se da y se recibe, y es natural que se
"pueda no dar" cuando no se recibe lo acordado.
Y, por último, quiero
sentar la afirmación de que un país con voluntad y decisión puede siempre
ponerse en las condiciones prefijadas. A todos los pesimismos oficiales o
particulares que contra está afirmación se opongan, o las oposiciones de tono
moral que se hagan a las conclusiones a que llegaré en mi estudio, sólo opongo
el ejemplo de los magníficos renacimientos de pueblos que hoy estamos
contemplando, los cuales., para ser realidad, exigen trabajos y sudores, fe y
alegría, siempre mejores que las lágrimas, propias de un pueblo desmoralizado y
desilusionado.
El Estrecho de Gibraltar
Siguiendo la norma
antedicha, estudiemos a España, contemplándola en el mapa, donde veremos un
hecho distinto de los corrientes. Tenemos fronteras y costas de orden moral;
pero en un punto dos continentes se acercan. Por este estrechamiento pasa gran
parte del comercio mundial, y las dos partes de este estrecho son españolas: se
llama el Estrecho de Gibraltar. Nuestra gran fuerza y nuestra gran debilidad.
El Estrecho de Gibraltar es nuestra misión permanente actual (hoy tenemos otra
proyectada en el futuro, de la cual hablaré después) ; pero esta misión no la
ejercemos, la ejerce Inglaterra. Ésta ha tenido en los últimos tiempos la clave
del Estrecho, el dominio del Estrecho, y, por lo tanto, en tiempo de guerra, el
control del comercio mundial por el mismo. La dejación de esta misión
permanente ha sido la equivocación más grande que ha tenido España. Empezó al
permitir el asentamiento inglés en Gibraltar y se consumó en la batalla de
Trafalgar. Desde entonces, en todos los tratados militares, en todas las
publicaciones navales, para todos los Estados Mayores, el Estrecho de Gibraltar
es inglés. Esto, aunque triste, no lo es tanto como el hecho de la indiferencia
nacional ante ello, como el silencio oficial ante el problema. Lo trágicamente
triste es el renunciamiento que España ha tenido, y que hoy sigue teniendo, sin
darse cuenta de que con ello dejaba de ser una nación soberana, que no era más que
un satélite, a pesar de las declaraciones oficiales y de los discursos más o
menos ampulosos.
No se ha hecho un anhelo nacional
Por el Gobierno de España
han pasado hombres inteligentes y patriotas, y yo me pregunto: ¿Cómo no han
hecho público este hecho, cómo no han tenido la valentía de hacer de esta
bandera un anhelo nacional que hubiese unido a los españoles y les hubiese
ayudado a tomar las medidas conducentes a cambiar este estado de cosas, cuando
tenían que saber y sentir que era imposible el renacimiento de España sin
hacerlo?
Pero olvidemos cosas
pasadas y volvamos al porvenir; éste es más optimista, pues hoy disponemos o,
mejor dicho, podemos disponer de nuevos elementos que nos permiten volver a
ejercer nuestra misión.
Quizá alguien, al leer las
anteriores líneas, crea que estoy lanzando agresivas ideas en contra de una
potencia amiga; nada más lejos de la realidad. Soy admirador franco del pueblo
inglés y de su Estado; estoy razonando con la misma fría lógica con que lo
harían ellos, y, además, estimo que Inglaterra hoy es la potencia que mejor
defiende los intereses de Europa. Pero, como antes he dicho, no creo en la
amistad, ni en las alianzas, si no es con derechos iguales, y una posible
alianza con Inglaterra sería más verdad, más leal y más fecunda teniendo
nosotros el control del Estrecho, que sin tenerlo. Por otra parte, ya he dicho
antes que España no tiene opción: o sigue mediatizada, o cumple su misión.
Se pondrán reparos diciendo
que el Estrecho de Gibraltar debe ser libre y abierto al mundo, donde nadie
pueda ejercer nunca un dominio ni un control; esto, sentimentalmente, puede ser
o no ser verdad; pero la realidad y la Historia nos dicen que ha tenido siempre
un dueño, y la lógica nos indica que, mientras sea un paso obligado del mundo,
habrá un poder que lo domine.