Una doctrina de guerra es
la que, después del estudio del objetivo a cumplir, establece la
proporcionalidad, uso y distribución de las fuerzas armadas conducentes a
obtener el máximo rendimiento, teniendo como base una cantidad fija.
Esta cantidad es la
consignada en los presupuestos de la Nación y es fijada por el Gobierno y por
el Parlamento. La misión a realizar es conseguir la autodefensa de la Nación y
el dominio del Estrecho. Hay que partir, para el estudio, de la Nación sola, o
sea, que ella baste para cumplir estos objetivos. Esto no quiere decir que se
arranque del supuesto de que vamos a luchar solos contra el mundo, no; sino que
no es posible ir a una alianza ni conservar la libre decisión de nuestros
destinos sin tener asegurados estos fines indispensables.
En cambio, con ellos
conseguidos, automáticamente España sería gran potencia europea, con todos los
derechos y todos los deberes que este rango impone; automáticamente sería la
aliada o la amiga de las potencias interesadas; automáticamente volvería a
tener la máxima categoría como nación, y esas propagandas disolventes internas
que hoy padecemos y esos hechos ocultos que hoy se producen, inexplicables,
pero todos conducentes al fracaso del Estado, irían desapareciendo.
El advenimiento de la fuerza aérea
Antes de ir al estudio de
los frentes de guerra que podemos tener es necesario aludir a la revolución que
en el arte de la guerra ha producido el advenimiento de la fuerza aérea, cuya
trascendencia ha reflejado así Douhet:
"El hecho nuevo es que
el aire se ha abierto a las operaciones aéreas. Este hecho rompe brusca e
imprevistamente con el carácter fundamental que la guerra presentaba desde el
comienzo del mundo”.
"Antes de la aparición
del arma aérea la guerra no podía desenvolverse más que sobre la superficie.
Consistía en la oposición de dos voluntades: la una quería ocupar una región,
la otra impedir esta ocupación; la guerra entera estaba en estas dos misiones:
proteger lo que se encuentra atrás contra las fuerzas enemigas de superficie,
romper las fuerzas enemigas de superficie para alcanzar a lo que está detrás de
estas fuerzas."
Por la conquista del
espacio el hombre ha roto el carácter milenario de la guerra. No es necesario
romper las líneas de fuerza de la superficie 'para llegar a lo que está detrás.
Una de las misiones de las armas de superficie no puede ser cumplida por estas
armas más que incompletamente.
El arma del espacio debe,
pues, producir una revolución en el arte de la guerra.
Además, hoy el campo de
batalla se extiende a todo el territorio y a todos los mares de las naciones en
lucha. No hay distinción entre beligerantes y no beligerantes. El arma del
espacio no tiene, pues, el carácter de un simple perfeccionamiento.
La curva que representa la
evolución de la guerra cesa de ser continua y toma una marcha esencialmente
distinta. El que se deje arrastrar sobre el prolongamiento de la vieja curva se
expone a encontrarse inmediatamente fuera de la realidad.
La aparición de los gases
hace aún más violenta la discontinuidad. Las viejas armas tenían un carácter
instantáneo y lineal; para ser alcanzado por ellas se precisaba encontrarse
sobre la trayectoria de la piedra o de la bala. La acción del gas se extiende
en volumen y en duración. Se debe llegar en el empleo del gas en toda la
extensión de sus posibilidades. Creer lo contrario es una ilusión.
Durante la gran guerra se
han empleado los aviones y los gases, pero eran mal conocidos y se ignoraba
cómo era preciso emplearlos.
Hoy, cualquiera que sea la
situación sobre la superficie, el avión provee el medio de llevar sobre un
puesto cualquiera del territorio ataques de una magnitud superior a todos los
ataques que ha sido posible imaginar hasta ahora. Hoy y no mañana.
Hasta ahora los adversarios
se cubrían con una coraza y buscaban recíprocamente romper la coraza que cubría
al adversario. Cuando la coraza resistía el corazón estaba en seguridad.
Hoy no es así. Hoy las
corazas han perdido su valor de protección, porque ellas no pueden proteger el
corazón, que el arma del espacio puede alcanzar y el arma del veneno paralizar.
Cuando, hace unos años,
unos pocos llamábamos la atención sobre este hecho no fuimos atendidos.
Entonces todo el mundo estaba en período de transición; se comprendía el valor
teórico de los razonamientos, pero existía la resistencia y la inercia que las
grandes organizaciones (Ejército y Marina) oponen siempre; ha bastado que una
nación haya puesto en práctica las teorías anteriores para que todas, todas las
naciones, hayan seguido el mismo camino. Hoy ya es un hecho real, que bajo la
pena de suicidio se puede desconocer, que las fuerzas armadas de una nación se
componen de tres partes: Fuerzas terrestres, fuerzas navales y fuerzas aéreas,
las tres para ser empleadas en una misma misión: la guerra, y con un solo fin:
la victoria.
Dado que la misión y fin de
las fuerzas aéreas es vencer, cada una de ellas debe poseer la proporción
conveniente para que el conjunto tenga el máximo rendimiento y la máxima
eficacia; dicha proporcionalidad será indicada por el estudio de los frentes
probables y fijada por el "mando"; y encontrada dicha
proporcionalidad, la cantidad de las fuerzas armadas será consecuencia de la
asignación presupuestaria.
Frentes de batalla
Termino aquí lo que se
puede considerar como el resultado de un razonamiento y de un sentido de la
vida y de la Patria; en lo que sigue me voy a limitar a exponer, en someras
líneas, unas opiniones personales sobre los probables frentes de batalla y
sobre las características que debe tener el mando de las fuerzas armadas para
su mejor rendimiento.
Los grandes frentes
probables o posibles que debemos considerar son:
Pirineos.
Portugal.
Costas.