Ninguna diferencia nos
separa ni nunca nos debe separar de nuestros hermanos portugueses. Tengo la
opinión, como la tiene el resto de los españoles, de que la tendencia debe ser
estrechar cada vez más las relaciones entre los dos países, hasta que desaparezcan
del todo las pequeñas diferencias que en el curso de la Historia hayan podido
existir entre los dos pueblos, diferencias, además, siempre envenenadas por
algún tercero en discordia.
Por esto no creo probable
que suceda el caso que voy a presentar, pero en hipótesis lejana es posible. La
hipótesis es que Portugal, voluntariamente, permita a un Ejército extraño que,
tomando como base de operaciones su país, trate de invadir el nuestro.
El objetivo para las
fuerzas armadas nuestras es claro y categórico: impedir desde el primer momento
el desembarco del primer soldado extranjero en puerto portugués.
Todas las fuerzas armadas
tienen que intervenir: La Marina, en el mar, con sus fuerzas sutiles; la
Aviación, destruyendo los puertos y vías de comunicación, y el Ejército debe
tomar la ofensiva inmediata para apoderarse de los dos puertos portugueses
principales, para lo cual hay que dotarlo de unidades motorizadas de gran poder
ofensivo, con un índice grande de tanques y artillería pesada.
Costas
Tienen razón los marinos en
cuanto aseguran que la decadencia actual tiene como una de sus principales
causas el haber vuelto el país las espaldas al mar, y tanta más razón tienen,
por cuanto que esto sucedió cuando nuestras principales posesiones estaban en
Ultramar, y la única manera de asegurar el contacto con los pueblos españoles
de América eran los medios navales. El Imperio se creó teniendo como base
nuestros navegantes y nuestras naos, en tiempos en que los generales y los
caudillos tenían todos un poco de almirantes y los almirantes un mucho de
caudillos.
Y tienen razón cuando
afirman que la capacidad de expansión de un pueblo está representada por sus
escuadras de combate, porque las escuadras de combate son un elemento
característicamente ofensivo. Su misión, combatir y derrotar al enemigo, para
tener la posesión de los mares o de parte de ellos, y según estas
características peculiares suyas, sucede que una escuadra de combate, si tiene
que combatir con una de fuerzas mucho mayores o tiene enfrente fuerzas muy
superiores, adopta un papel pasivo, y, so pena de suicidio, no combate.
Por esta razón, por
consideraciones de potencialidad económica, y, sobre todo, por considerar que
lo primero a que debe tender España es a cumplir los llamados por mí fines
indispensables, es por lo que creo que la tendencia hoy será a proveer a la
Marina de todos los elementos defensivos necesarios, conforme al criterio que
sienta el proyecto presentado a las Cortes para la defensa de Baleares.
A pesar de ello, yo espero
que día llegará en que España, otra vez en camino de imperar, volverá a sentir
la necesidad de ser dominadora de los mares del mundo.
Al decirlo me acuerdo de la
trágica equivocación que supuso el volver las espaldas al mar, y sería triste
que por no haber estudiado y medido las consecuencias de una equivocación de
esta naturaleza volviésemos hoy a cometer otra igual por pensar en el pasado y
no ver los nuevos fundamentos del problema.
Organización de las fuerzas armadas
Las tres fuerzas armadas,
de tierra, de mar y de aire, tienen una misma misión inseparable: la guerra, y
un solo fin: la victoria.
Si, además, el teatro de la
guerra es la misma nación y el objetivo de la misma está igualmente localizado
en su territorio, donde no hay imperio que defender ni supremacía absoluta,
dadas sus misiones entre las tres fuerzas armadas, una primera consecuencia se
deduce claramente: la necesidad de una política, un mando y una doctrina.
Pero hoy ocurre lo
siguiente: en España existe un Ejército con organizaciones directoras copiosas
y un Ministerio; una Marina en idénticas circunstancias y un engendro de
Aviación con una Dirección general.
El presupuesto de Guerra y
Marina está agotado por sus necesidades, y existe una resistencia explicable a
que la Aviación aumente a sus expensas. El presupuesto nacional tiene un
déficit grande y, por lo tanto, cuenta con una resistencia gubernamental a
aumentar lo necesario e imprescindible para las fuerzas aéreas.
Existen dos ministros
defensores de sus respectivos departamentos, y no existe el representante
directo de aviación.
Todas las organizaciones
grandes, como son Guerra y Marina, oponen una resistencia, proporcional a su
masa, a todo cambio, y así hoy estamos encerrados en un círculo vicioso. Esto
es, no habrá fuerzas aéreas mientras no haya ministerio de Aire, y no habrá
ministerio de Aire mientras no haya fuerzas aéreas, pues todos los intentos y
tanteos que desde hace años se inician van fracasando unos tras otros.
La solución de este
problema será motivo del artículo próximo.